Navegaba en la noche oscura el pescador, sin rumbo fijo por el ancho río. Lloraba la pena de alma gemela en la oscura noche, pues sólo allí encontraba la paz. Esta misma noche, aquellas plácidas aguas comenzaron a agitarse en gran manera, formando un gran torrente que se levantaba frente a la canoa del pescador.
Asustado, el pescador cantaba un vallenato para calmar su alma.
Al instante aquel torrente toma forma femenina, tomando al pescador en sus brazos de agua. Poco a poco el pescador se acercaba al pecho de la mujer de agua, en medio de susurros parecidos al viento cuando silba. -Nunca me olvides amor, nunca me olvides- susurraba la mujer de agua mientras sostenía en su lecho al pescador, que al final entre sollozos decía, -añoro la pureza con la que tu me sabes amar-.
En aquel momento, los dos se fundieron, y aquel río cristalizó sus aguas para siempre.
Cada noche oscura, el viento toca el agua y entona una canción a lo largo del río.
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